martes, 25 de octubre de 2016

Ahí estaba.

Ahí estaba, frente a mí, con esa anticipación enjaulada.

-Hola –dijo con voz entrecortada.

Había pasado mucho tiempo, haciendo que su alma no me resultara tan familiar como evidentemente lo era.

-¿Qué tal? –apenas escuché mi voz.

-Sobreviviendo, ya sabes.

“Y de qué manera lo sabía”.

-Es lo que solemos hacer.

-Sí, ya es una costumbre.

-“Costumbre” es lo que nos define, lo que siempre nos definirá.

-A veces odio las frases que dices.

-Dime qué no odias, por favor.

-Tú más que nadie sabes qué es lo que no odio.

-Lastimosamente, así es.

-Puedes llegar a ser una mierda.

-Eso también es cierto.

-¿No dirás nada más?

“Tantas cosas que decir”.

-¿Quieres que diga algo más?

-Siempre querré que digas algo más.

-¿Por qué?

-Porque me descargas.

-¿Yo te descargo?

-Eres la única persona que puede hacerlo.

-Qué locura.

-No hables tú de locura.

-¿Sabes…?

-Sé lo que dirás.

-Me da gusto haberte encontrado otra vez.


La mirada fija.

La puerta se abre y entra mamá.

La extrañeza latente en su mirada.


-Pero, mujer, ¿le estás buscando un agujero negro al espejo?





miércoles, 12 de octubre de 2016

Ella y él.

Ella va tarde… tarde, muy tarde.

Él está a punto de cruzar la calle.

Ella lleva su vestido de flores, la cartera y un montoncito de hojas en las manos.

Él la ve, desde lejos. La reconoce.

Ella aún no lo ha visto. Pero lo reconocerá.

Él se queda como una estatua. Quieto, pálido. No aguanta la luz que emana aquella chica.

Dos mundos se están acercando.

Despacio... pero seguros.

Ella llega al espacio vital de él, lo ve.

“Me está viendo”, piensa él.

“¿Por qué lo estoy viendo?”, piensa ella.

“Ya la/lo he visto en algún lado”, piensan los dos.

El semáforo en rojo.

Ella y él cruzan la calle.

Despacio… Esta vez no tan seguros.

Esa sensación.

A ella se le ha olvidado que va tarde.

A él se le ha olvidado a dónde iba.

-Oye -dice él.

Ella no se detiene.

-Espera –dice más alto.

Ella sigue caminando.

-Por favor, para un segundo.

Ella hace como si no lo hubiera oído.

-¡Señorita, usted, la que lleva el alma en las manos!


Y ella se detiene.










domingo, 11 de septiembre de 2016

Los rastros de la vida.


Es muy raro observar vida en el mundo… Quizá porque no abrimos bien los ojos, quizá porque los instantes de vida son los más efímeros. Aun así, en estos últimos días, me ha abordado la esperanza de percibir rastros de ella, de reconocerla.
He creído haberla visto guiñándome el ojo desde un señor de edad que cargaba en su espalda al que pensé que era su nieto. No podría haber en el mundo otra persona con una mirada tan feliz como la de ese niño.
Me sonrió cuando al pasar por el parque, vi a una señora con un globo en la mano, y me di cuenta que a los ojos de los extraños, todos podemos regresar, de nuevo, a la infancia.
Me tomó la mano cuando, deteniéndome en un semáforo, el señor en el andén me dedicó la sonrisa más bonita.
Me abrazó cuando el sol iluminó gran parte de mi habitación, dejando solo algunas vetas de sombra.
Me besa en la frente cuando mi mamá prepara la sopa que me calienta el alma.
Estoy segura que tengo un encuentro con la vida cada vez que mi papá me dice: “Hola, angelito”.
La vida me ve a los ojos cuando el portero de la Universidad, cada viernes, me recibe con un abrazo y me desea un buen día.
La vida se puso delante de mí, y por poco no me golpeé contra ella, cuando, unas cuantas veces, recibí mensajes de buenos días que me impulsaban a querer hacerlos buenos.
La vida me acarició la mejilla cuando vi a mi abuela posar su mano en la espalda de mi abuelo.
La vida se torna visible cada vez que le dedico una mirada a mi biblioteca.
Y se confunde con mi alma siempre que voy a la casa de mi abuelita Mimi.
Me hace cosquillas cuando me rio con mis amig@s, cuando me rio y siento que los gimnasios deberían implementar rutinas de risa.
La vida toma mis pies cuando suenan las canciones que me hacen dar gracias de poder oírlas.
La vida me pone sus manos en los hombros cuando estoy cerca del bosque que me gusta tanto.
… En fin, siento que estos instantes, los que no nombré y los que vendrán, estoy segura, me alimentan el alma; porque la vida es vida cuando te hace pensar que no eres un puzle, cuando la ves como si no la tuvieras, como si tú estuvieras en perspectiva y la vida solo fuera algo abstracto, algo capaz de generarte la misma emoción que te produce lo encontrado cuando crees que estaba perdido.
 
 




jueves, 1 de septiembre de 2016

... ¿Cuánto dura la eternidad?

… ¿Cuánto dura la eternidad?

Dura lo que vive el alma. Y el alma no tiene tiempo.

Entonces somos instantes de alma, eternos instantes de alma, porque es lo que nos queda, es con lo que vivimos.

Es con lo que sopesamos el tiempo.

… Y aquí, por fin, se enfrentan dos grandes fuerzas: el tiempo y lo eterno.

El tiempo sirve para aniquilar lo eterno.

Lo eterno está para no acordarse del tiempo.

Y hay mil cosas eternas para el alma de un mortal.

Eso depende de la vida que albergue esa alma.

Eternidades que dejan de ser eternas porque se viven, y si se viven, se las robamos a la eternidad y empiezan a formar parte de nosotros.

Un nosotros que actúa como ingrato, que actúa como recordatorio…

Recordatorio de que robamos, robamos instantes que nos dejan de pertenecer al segundo que los vivimos.

Y es cuando vivimos, cuando v.i.v.i.m.o.s. con todas sus letras, cuando nos damos cuenta de nuestra limitada humanidad; una humanidad que no es eterna. 

Lo eterno son los instantes, no nosotros.

Así que, corrijo: la eternidad no dura lo que vive el alma.


La eternidad dura un nosotros, nosotros en cada uno de sus pedazos.




domingo, 28 de agosto de 2016

V.I.D.A.

La V.I.D.A. es un pedazo de cada una de sus letras.

Un pedazo que le arranca al abecedario.


La “V” es la letra que está más lejos en orden alfabético; el orden que dice que quedan cuatro letras para el fin; esas cuatro letras en las que no reparamos, y que mientras intentamos formar palabras con ellas, se nos va la “uve” en ello.

La “I” es el punto medio, la coartada infinita… El pedacito que la hace inmensa es esa lucha por defenderse, por intentar recuperar el rastro de puntos suspensivos que dejó su antecesora, la añorada “uve”.

¡Qué decir de la “D”! Tal vez la mejor de todas, ni tan delgada ni tan gruesa. Tan ella. La que impide que la infinidad de la “I” se desborde, la que regula, pero la que no piensa en sí misma. La egoísta, la ingrata.

… Y llega el momento, el que se supone que es el inicio, ese inicio marcado por la “A”; pero un inicio cruelmente engañoso, porque tiene pizcas de final.

Entonces donde se supone que empieza la vida, para el cruel abecedario es casi el fin; y donde termina, para este es el comienzo más puro.

¿No es una injusticia?

¡Pero qué se puede esperar!


Incluso el mismísimo A.B.E.C.E.D.A.R.I.O., con toda su omnipotencia, no es capaz de poseer, totalmente, sus invenciones, sus siglas… o sus marcados siglos.








miércoles, 27 de julio de 2016

Soy.

Yo soy mi polo a tierra.
Yo soy el libro de mi alma.
Yo soy las letras que me han hecho morir y revivir.
Yo soy el beso, soy el abrazo.
Yo soy el tatuaje indeciso.
Yo soy las lágrimas, las risas, las carcajadas.
Soy sol.
También soy lluvia.
Muy pocas veces una tormenta.
Y aún más pocas, un huracán.
Pero soy.
Soy un conjunto de todo… De rarezas, de cosas comunes, de tiempos con sentido y sin sentido.
Soy segundos, pero puedo también ser horas.
Incluso puedo llegar a ser años.
Años aquí mismo, mientras escribo.
Mientras mi alma va quedando más transparente.
Menos cargada.
Más liberada.
“Soy”.
¡Qué lindo es simplemente ser!
Ser y ya está.
Ser y existir.
Ser y vivir.
Porque existir y vivir no son lo mismo.
Existir es saber que estás tocando el mundo, que estás en él.
Vivir es enfrentar la vida, darle la mano, guiñarle el ojo; es coquetearle, es hacerla tuya.
Existir - Vivir.
Doce letras. 
En medio de ellas, un par de ojos.
¿Los míos?

miércoles, 20 de julio de 2016

Hoy decidí sonreírme.

Hoy decidí sonreírme.

Verme al espejo y sonreír.

Así, sin más. Sin ninguna causa. Sin ningún porqué.

Hoy decidí contar mis dientes.

Veintiocho.

Hoy decidí verme, percibirme.

Saber que más que ojos, tengo miradas.

Tener la certeza de que mi reflejo no es mi verdad.

Pero mi verdad siempre se refleja.

Mi reflejo… Tan presente pero a la vez no.

Sin algo cristalino, nunca lo conocería.

Nunca me “conocería”.

¿Qué es conocer?

¿Guapo/a? ¿No tanto?

Sí, me conocería.

No importa la presencia de algo cristalino.

En absoluto.


Todos somos cristalinos cuando nos enfrentamos a nosotros mismos.


martes, 12 de julio de 2016

Potencia.

No permitamos que nuestra alma sufra de inanición, no lo permitamos…

Alimentémosla, revivámosla, acariciemos ese velo constante de nuestra vida, hagámoslo sentir nuestro.

Brindémosle a nuestra alma lo que la hace ser alma, lo que la hace ser vida. Démosle vida porque, a veces, al alma también se le olvida cómo vivir, cómo seguir existiendo, inspirando, exhalando…

Permitámosle al alma tener humanidad, obsequiémosle un rasgo mortal, una mortalidad adherida a su carne, a sus huesos; algo que le permita ver que también goza de sensaciones, sensaciones pasajeras. Sensaciones que la magnifican o atenúan, pero que la hacen sentimiento… porque permite sentir.

Veámonos en ella, en aquella alma tan nuestra, tan nuestra como las cosas que no decimos.


Percibámosla no como nos percibimos cuando nos vemos en un espejo: en aquél objeto, tus ojos se centran en ti, te permiten conocerte físicamente, saberte intacto o no. En una mirada al alma no ves ojos, boca, piernas, etc. En una mirada al alma no te ves a ti como partes encargadas de hacerte mortal; te ves como potencia, solo eso, una potencia y ya está. Una potencia, eso sí, donde no valen las elevaciones, donde el orden no altera el producto, donde eres tú, eres tú en su número más irracional.




viernes, 8 de julio de 2016

Somos caos.

Caos… Tú eres caos, yo soy caos.

Este mundo, esta ciudad es caos.

El caos es belleza, el caos es belleza porque es lo que habitamos, es lo que sentimos; el caos es omnisciente y, por lo tanto, creemos en él.

No veo el caos… pero te veo a ti, veo esta ciudad, me veo a mí… Veo al mundo entero.

No somos seres individuales, hay algo que nos une.

El caos.

El caos que tú y yo formamos, el caos que formaremos o que nos formará.

La belleza tuya y la mía, la belleza del alma, la belleza que no se ve.

La belleza que es caos, que respira, que sangra…

La belleza que más que desear, inspira…

La belleza de todos, nuestra belleza, la del mundo.

El mundo que poseemos.

El caos que nos destruye, que destruyo, que me destruyes.

El caos que es tuyo, tuyo y no más.

Mi vida, tu vida, la nuestra… Somos caos aquí y ahora.


El caos que no se ve, pero el caos en el que te habito.




martes, 5 de julio de 2016

Esencia infinita.

Los seres humanos somos momentos… Momentos de alegría, tristeza, estupor, enojo y tantos más.

Los seres humanos somos variedad, diversidad… Y aquí, precisamente en este revoltijo de cualidades, es donde está nuestra esencia.

Y es esa esencia la que resguarda nuestra humanidad, la que es más de nosotros que el propio corazón; lo único que nadie, en absoluto, nos puede arrebatar.

Es tu esencia la que al final te desborda y desborda a otros, para mal o para bien… quién sabe.

Es esa misma esencia la que te impulsa, sin tú saberlo, a lo que te hace feliz; aunque a veces esa felicidad se desvíe o se disfrace, por momentos, de obstáculos.

Obstáculos que son impulsos, impulsos para ganar esa carrera esencial de ser fieles a nosotros mismos.

Una carrera en donde no hay más competidores ni una franja al final que indique que ganaste… Una carrera donde tú eres el único, una carrera que es la vida misma; esa vida que se defiende, que implora, que hace lo posible para que tú luches por ese agujero negro que es tu esencia, un agujero negro que no es, para nada, finito, como dice la ciencia, sino más bien infinito…

Infinito no como tú, vamos… Infinito como lo que dejas después de ser finito.




martes, 28 de junio de 2016

Lluvia o sol.

¿Se han preguntado alguna vez cuál es el contrapunto del amor?

Como todo en la vida, creo que el amor debe tener su contrario; es decir, si el contrapunto de la felicidad es la tristeza, y el del calor es el frío… ¿Cuál es el contrapunto del amor?

No creo que sea el odio, sinceramente. Y no quiero entrar en clichés con: “del amor al odio solo hay un paso”, o algo así; pero creo que el odio, para el amor, viene a ser como las espinas para una rosa: eternos rivales que, al final, no pueden vivir el uno sin el otro. O, díganme, ¿qué sería de una rosa sin espinas?, ¿qué sería del odio si no termina convirtiéndose en amor?

Aunque, claro, no todo “odio” es amor; solo se odia a quien se terminará amando; y si al final de todo no terminas amando, nunca fue odio, más bien algo que se le quiso parecer -por eso las comillas en la quinta palabra de este párrafo-.

Pero bueno, a lo que íbamos. El contrapunto del amor NO es el odio, para nada.

El contrapunto del amor, para mí, es el miedo.

Sí, el miedo.

El miedo te paraliza, te coarta, te impide, te deja con sobrecarga de COy unas cuantas cosas más. Te llena de todos los antónimos del amor, de todo lo que lo quiere extinguir.

El miedo es, y será, estoy segura, el eterno contrapunto del amor; el eterno negro para el blanco; el eterno arcoíris para una lluvia y un sol, no porque sea hermoso o luminoso, sino porque acapara más la atención y, al final, tus pupilas se terminan centrando más en aquellos colores pasajeros que en los que prometen repetirse con más frecuencia, en aquellos que con sus tempestades y luz, te terminan dando precisamente eso: lluvia o sol.




sábado, 18 de junio de 2016

La vida más allá del tiempo.

Pensamos constantemente en lo que pudo ser, pero casi nunca pensamos en lo que será… Es curioso, ¿no?

La vida es un constante tiempo. ¿Cómo constante tiempo?, dirás. Pues sí, la vida es tiempo, la vida no se detiene, el tiempo tampoco. Pero la diferencia es que la vida tiene tiempo, el tiempo no tiene vida.

Raro, lo sé, como todos los escritos que pretenden calar en la propia alma del ser que los escribe; para salvarse, para entenderse un poco más.

Pero bueno, estábamos con que no debemos desaprovechar el tiempo; perdón, corrijo: no debemos desaprovechar la vida. La vida apremia, amigos, la vida apremia. La vida cura las heridas, no el tiempo. La vida vuela, no el tiempo.

No es el tiempo el que no vuelve, es la vida misma; es la vida en todo su caos. El caos que, sí, está hecho de tiempo porque, al final, el tiempo es caos. Pero el tiempo NO ES VIDA. Puedes tener tiempo y no tener vida; pero, créeme, jamás tendrás vida sin tiempo, de eso seguro.

Por eso ¡vuelen!, despabílense, crezcan. Aliméntense de lo que les plazca, sí, de lo que les plazca… No permitan que unas calorías del tiempo atosiguen su forma de ver y querer vivir la vida, NO, de eso nunca.


No permitan que el tiempo, con todos sus derivados, les quite la esencia de lo que es vivir, de lo que es sentir y querer experimentar el mundo; no permitan que su humanidad sea arrebata por unos ínfimos minutillos que se vuelven horas, es verdad, pero esas horas se vuelven eternidades cuando se viven con vida y no con tiempo.




Quiero.

Quiero saber a dónde fue ese sueño que no recordaron al despertar. Y qué hizo que ese corazón roto se enamorara de todas sus grieta...