¿Se han preguntado alguna vez cuál es el contrapunto del amor?
Como todo en la vida,
creo que el amor debe tener su contrario; es decir, si el contrapunto de la
felicidad es la tristeza, y el del calor es el frío… ¿Cuál es el contrapunto
del amor?
No creo que sea el
odio, sinceramente. Y no quiero entrar en clichés con: “del amor al odio solo
hay un paso”, o algo así; pero creo que el odio, para el amor, viene a ser como
las espinas para una rosa: eternos rivales que, al final, no pueden vivir el
uno sin el otro. O, díganme, ¿qué sería de una rosa sin espinas?, ¿qué sería
del odio si no termina convirtiéndose en amor?
Aunque, claro, no todo
“odio” es amor; solo se odia a quien se terminará amando; y si al final de todo
no terminas amando, nunca fue odio, más bien algo que se le quiso parecer -por
eso las comillas en la quinta palabra de este párrafo-.
Pero bueno, a lo que
íbamos. El contrapunto del amor NO es el odio, para nada.
El contrapunto del
amor, para mí, es el miedo.
Sí, el miedo.
El miedo te paraliza,
te coarta, te impide, te deja con sobrecarga de CO2 y
unas cuantas cosas más. Te llena de todos los antónimos del amor, de todo lo
que lo quiere extinguir.
El
miedo es, y será, estoy segura, el eterno contrapunto del amor; el eterno negro
para el blanco; el eterno arcoíris para una lluvia y un sol, no porque sea
hermoso o luminoso, sino porque acapara más la atención y, al final, tus
pupilas se terminan centrando más en aquellos colores pasajeros que en los que
prometen repetirse con más frecuencia, en aquellos que con sus tempestades y
luz, te terminan dando precisamente eso: lluvia o sol.
martes, 28 de junio de 2016
sábado, 18 de junio de 2016
La vida más allá del tiempo.
Pensamos constantemente en lo que pudo ser, pero casi nunca pensamos en lo que
será… Es curioso, ¿no?
La vida es un
constante tiempo. ¿Cómo constante tiempo?, dirás. Pues sí, la vida es tiempo,
la vida no se detiene, el tiempo tampoco. Pero la diferencia es que la vida
tiene tiempo, el tiempo no tiene vida.
Raro, lo sé, como
todos los escritos que pretenden calar en la propia alma del ser que los
escribe; para salvarse, para entenderse un poco más.
Pero bueno, estábamos
con que no debemos desaprovechar el tiempo; perdón, corrijo: no debemos
desaprovechar la vida. La vida apremia, amigos, la vida apremia. La vida cura
las heridas, no el tiempo. La vida vuela, no el tiempo.
No es el tiempo el
que no vuelve, es la vida misma; es la vida en todo su caos. El caos que, sí,
está hecho de tiempo porque, al final, el tiempo es caos. Pero el tiempo NO ES
VIDA. Puedes tener tiempo y no tener vida; pero, créeme, jamás tendrás vida sin
tiempo, de eso seguro.
Por eso ¡vuelen!,
despabílense, crezcan. Aliméntense de lo que les plazca, sí, de lo que les
plazca… No permitan que unas calorías del tiempo atosiguen su forma de ver y
querer vivir la vida, NO, de eso nunca.
No permitan que el
tiempo, con todos sus derivados, les quite la esencia de lo que es vivir, de lo
que es sentir y querer experimentar el mundo; no permitan que su humanidad sea
arrebata por unos ínfimos minutillos que se vuelven horas, es verdad, pero esas
horas se vuelven eternidades cuando se viven con vida y no con tiempo.
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Quiero.
Quiero saber a dónde fue ese sueño que no recordaron al despertar. Y qué hizo que ese corazón roto se enamorara de todas sus grieta...