¿Se han preguntado alguna vez cuál es el contrapunto del amor?
Como todo en la vida,
creo que el amor debe tener su contrario; es decir, si el contrapunto de la
felicidad es la tristeza, y el del calor es el frío… ¿Cuál es el contrapunto
del amor?
No creo que sea el
odio, sinceramente. Y no quiero entrar en clichés con: “del amor al odio solo
hay un paso”, o algo así; pero creo que el odio, para el amor, viene a ser como
las espinas para una rosa: eternos rivales que, al final, no pueden vivir el
uno sin el otro. O, díganme, ¿qué sería de una rosa sin espinas?, ¿qué sería
del odio si no termina convirtiéndose en amor?
Aunque, claro, no todo
“odio” es amor; solo se odia a quien se terminará amando; y si al final de todo
no terminas amando, nunca fue odio, más bien algo que se le quiso parecer -por
eso las comillas en la quinta palabra de este párrafo-.
Pero bueno, a lo que
íbamos. El contrapunto del amor NO es el odio, para nada.
El contrapunto del
amor, para mí, es el miedo.
Sí, el miedo.
El miedo te paraliza,
te coarta, te impide, te deja con sobrecarga de CO2 y
unas cuantas cosas más. Te llena de todos los antónimos del amor, de todo lo
que lo quiere extinguir.
El
miedo es, y será, estoy segura, el eterno contrapunto del amor; el eterno negro
para el blanco; el eterno arcoíris para una lluvia y un sol, no porque sea
hermoso o luminoso, sino porque acapara más la atención y, al final, tus
pupilas se terminan centrando más en aquellos colores pasajeros que en los que
prometen repetirse con más frecuencia, en aquellos que con sus tempestades y
luz, te terminan dando precisamente eso: lluvia o sol.
No hay comentarios:
Publicar un comentario