martes, 28 de junio de 2016

Lluvia o sol.

¿Se han preguntado alguna vez cuál es el contrapunto del amor?

Como todo en la vida, creo que el amor debe tener su contrario; es decir, si el contrapunto de la felicidad es la tristeza, y el del calor es el frío… ¿Cuál es el contrapunto del amor?

No creo que sea el odio, sinceramente. Y no quiero entrar en clichés con: “del amor al odio solo hay un paso”, o algo así; pero creo que el odio, para el amor, viene a ser como las espinas para una rosa: eternos rivales que, al final, no pueden vivir el uno sin el otro. O, díganme, ¿qué sería de una rosa sin espinas?, ¿qué sería del odio si no termina convirtiéndose en amor?

Aunque, claro, no todo “odio” es amor; solo se odia a quien se terminará amando; y si al final de todo no terminas amando, nunca fue odio, más bien algo que se le quiso parecer -por eso las comillas en la quinta palabra de este párrafo-.

Pero bueno, a lo que íbamos. El contrapunto del amor NO es el odio, para nada.

El contrapunto del amor, para mí, es el miedo.

Sí, el miedo.

El miedo te paraliza, te coarta, te impide, te deja con sobrecarga de COy unas cuantas cosas más. Te llena de todos los antónimos del amor, de todo lo que lo quiere extinguir.

El miedo es, y será, estoy segura, el eterno contrapunto del amor; el eterno negro para el blanco; el eterno arcoíris para una lluvia y un sol, no porque sea hermoso o luminoso, sino porque acapara más la atención y, al final, tus pupilas se terminan centrando más en aquellos colores pasajeros que en los que prometen repetirse con más frecuencia, en aquellos que con sus tempestades y luz, te terminan dando precisamente eso: lluvia o sol.




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