martes, 10 de enero de 2017

E.S.C.R.I.B.I.R.

E.S.C.R.I.B.I.R.

Ocho letras.

“Escribir” no es la palabra más extensa del mundo, ni tampoco la que tenga la más bella entonación; pero, para mí, puede llegar a ser la palabra más difícil de todas, y por “difícil” no me refiero al nivel de “parangaricutirimícuaro”.

Me explicaré: cuando escribimos, sea lo que sea, desde un nombre cualquiera hasta un diario, estamos dejando una parte de nosotros plasmada en letras, una parte que ya no es pensamiento, que ya no está en nuestro ser, que deja de ser nuestra; esa parte se materializa, se vuelve visible tanto para nosotros como para los demás. Y es aquí, justo en esa visibilidad, donde está la magia: ¿cómo, si no, se le puede llamar a dejar entrever tu alma?, algo que es tan omnisciente como las cosas que no decimos. Es por esto que en el acto de escribir, los principales protagonistas no son tus manos, o la extremidad de la que te valgas para ello, ni tus ojos, ni siquiera tu corazón –este especialmente no, ya que siempre está dando tregua, y en la escritura lo que menos hay es eso, tregua-, sino que hay alma, y mente, claro, pero sobre todo, alma.

¿Por qué alma?, se preguntarán. Pues bien, la respuesta es simple: porque el alma, como ya lo mencioné anteriormente, al contrario que el corazón, no da tregua, no sabe incluso qué significa esa palabra. Al alma le gusta sentir todo sin analgésicos, le gusta sentir la presión de lo no dicho, le gusta estar en el abismo de la lucha, le gusta sangrar. Ella, se podría decir, siempre está bajo cero, pero en el momento en el que cae la primera gota sobre el papel, no hay Celsius, Fahrenheit o Kelvin que valgan, porque deberían crear una nueva escala de temperatura para ella. Porque se vuelve solaz, se vuelve infinita, deja de ser invisible.

Entonces, “escribir”, a mi parecer, es la palabra más difícil de todas, sí, ya que está al alcance de cualquier alma, está al alcance de todo aquél que se quiera poner en ello. Y solo una palabra que pueda tener millones de matices, que pueda ser tan intermitente, puede ser la más complicada de todas, porque es infinita. 
Y al final terminas siendo tú, la escritura eres tú porque, como dice un escritor amadísimo mío: “Lo que escribes es lo que más se te parece”.

¿Y qué cosa es más difícil que ser tú intentando ser tú?




Quiero.

Quiero saber a dónde fue ese sueño que no recordaron al despertar. Y qué hizo que ese corazón roto se enamorara de todas sus grieta...