domingo, 28 de agosto de 2016

V.I.D.A.

La V.I.D.A. es un pedazo de cada una de sus letras.

Un pedazo que le arranca al abecedario.


La “V” es la letra que está más lejos en orden alfabético; el orden que dice que quedan cuatro letras para el fin; esas cuatro letras en las que no reparamos, y que mientras intentamos formar palabras con ellas, se nos va la “uve” en ello.

La “I” es el punto medio, la coartada infinita… El pedacito que la hace inmensa es esa lucha por defenderse, por intentar recuperar el rastro de puntos suspensivos que dejó su antecesora, la añorada “uve”.

¡Qué decir de la “D”! Tal vez la mejor de todas, ni tan delgada ni tan gruesa. Tan ella. La que impide que la infinidad de la “I” se desborde, la que regula, pero la que no piensa en sí misma. La egoísta, la ingrata.

… Y llega el momento, el que se supone que es el inicio, ese inicio marcado por la “A”; pero un inicio cruelmente engañoso, porque tiene pizcas de final.

Entonces donde se supone que empieza la vida, para el cruel abecedario es casi el fin; y donde termina, para este es el comienzo más puro.

¿No es una injusticia?

¡Pero qué se puede esperar!


Incluso el mismísimo A.B.E.C.E.D.A.R.I.O., con toda su omnipotencia, no es capaz de poseer, totalmente, sus invenciones, sus siglas… o sus marcados siglos.








Quiero.

Quiero saber a dónde fue ese sueño que no recordaron al despertar. Y qué hizo que ese corazón roto se enamorara de todas sus grieta...