No permitamos que nuestra alma sufra de inanición, no lo permitamos…
Alimentémosla,
revivámosla, acariciemos ese velo constante de nuestra vida, hagámoslo sentir
nuestro.
Brindémosle a nuestra
alma lo que la hace ser alma, lo que la hace ser vida. Démosle vida porque, a
veces, al alma también se le olvida cómo vivir, cómo seguir existiendo, inspirando, exhalando…
Permitámosle al alma
tener humanidad, obsequiémosle un rasgo mortal, una mortalidad adherida a su
carne, a sus huesos; algo que le permita ver que también goza de sensaciones,
sensaciones pasajeras. Sensaciones que la magnifican o atenúan, pero que la
hacen sentimiento… porque permite sentir.
Veámonos en ella, en
aquella alma tan nuestra, tan nuestra como las cosas que no decimos.
Percibámosla no como
nos percibimos cuando nos vemos en un espejo: en aquél objeto, tus ojos se
centran en ti, te permiten conocerte físicamente, saberte intacto o no. En una
mirada al alma no ves ojos, boca, piernas, etc. En una mirada al alma no te ves
a ti como partes encargadas de hacerte mortal; te ves como potencia, solo eso,
una potencia y ya está. Una potencia, eso sí, donde no valen las elevaciones,
donde el orden no altera el producto, donde eres tú, eres tú en su número más
irracional.
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