De todo un tanto.
domingo, 12 de enero de 2020
lunes, 15 de octubre de 2018
Grito.
domingo, 2 de septiembre de 2018
I.m.p.o.s.i.b.l.e.
lunes, 9 de octubre de 2017
La luz en tu oscuridad.
Tenía diez años el día que lo
conocí, empezaba quinto de primaria, y transcurría el año 1998.
Nunca había sido una niña madrugadora,
pero ese día, como si supiera lo que iba a pasar, no puse mayor resistencia
para levantarme.
-Pero mira que has cambiado –dijo mi
madre con un tono demasiado orgulloso para mi gusto, porque ni yo misma sabía
el motivo de mi tan inesperada voluntad.
En cuanto estuve lista para salir de
casa, nos dirigimos con mi madre hacia el lugar que, según ella, era
indispensable para la vida, solo porque había que seguir los parámetros ya
establecidos por la sociedad en la que vivíamos. Si mis recuerdos no me fallan,
aquel sitio estaba rodeado de verde: árboles, césped y muchas flores, con lo
que me alegré, porque el verde siempre me ha dado paz.
-Bienvenida a tu primer día de clases,
Emilia –me saludó una mujer demasiado sonriente que, suponía, debía tener la
misma edad de mi madre.
La profesora, que se llamaba Norma, me
tomó de la mano y me guió hacia el interior de la estancia, mientras yo
volteaba a ver a mamá, y esta me despedía con una sonrisa que aseguraba que
volvería por mí dentro de unas horas.
-Bueno, Emilia, este será tu salón de
clases, y estos son tus compañeros –dijo la profesora en cuanto entrábamos a un
espacio muy pequeñito, pero donde reinaba tal bullicio, que estuve a punto de
cubrirme los oídos con las manos.
Estoy segura que la presencia de la
profesora tenía un efecto especial en hacer disminuir el ruido proveniente de
todos los niños de mi edad que estaban en el salón, porque de inmediato las
diez personas que estaban delante de mí, se dirigieron a sus respectivos
puestos y se sentaron.
-Chicos, ella es Emilia, su nueva
compañera. Saludémosla como es debido.
Uno a uno, y con el concepto del tiempo
que tienen los niños, diez manos tomaron la mía; la octava de ellas con un poco
de dificultad para encontrarla.
***
-Hola –dijo una voz a mis espaldas.
Cuando volteé, vi que la voz provenía
de la persona de la octava mano.
-Hola –respondí.
-Me ha dicho la profe Norma que te
acompañe, porque como eres nueva, seguro quieres jugar con alguien.
En cuanto terminó la frase, me di
cuenta que la compañera de aquella mano que yo había estrechado con un poco de
dificultad, llevaba sujeto un bastón blanco, así que pensé que aquel chico
debía haber sufrido alguna caída que lo obligaba a usarlo; caída que yo, en
aquel instante, atribuí al hecho de que este llevaba puestas unas gafas oscuras
que no se quitaba en ningún momento, y que supuse que le hacían ver todo oscuro
también.
-¿Y a qué podríamos jugar si llevas ese
bastón y esas gafas, que además no te deben dejar ver nada?
Recuerdo que aquel chico sonrió, y en
un momento muy rápido, se deshizo de las gafas que llevaba puestas, detrás de
las cuales estaban los únicos ojos completamente blancos que había visto en lo
que llevaba de vida. Estaba tan impactada al ver aquellos ojos, que le pregunté
el porqué de la ausencia del color café en ellos, ya que yo pensaba que por el
hecho de tener los míos de ese color, los de todo el mundo debían ser iguales.
-Bueno, supongo que debo preguntarte a
ti por la presencia del color café en los tuyos –dijo con aquella voz que me ha
perseguido desde entonces.
Tal respuesta me hizo pensar
tanto, que al final no pude decir nada,
así que fue él quien habló.
-Lo de las gafas ya está solucionado,
pero del bastón no me puedo deshacer, porque con la ayuda de él es con la que
te voy a encontrar cuando te escondas; así que contaré hasta veinte, y empiezo
ya.
-¡Espera! Para que yo me pueda
esconder, tú tienes que cerrar los ojos, de lo contrario vas a ver hacia dónde
voy.
-No te preocupes por mis ojos, te
aseguro que ellos no me sirven para ver.
-Pero si para eso sirven los ojos, para
que veamos –contesté yo con el tono de voz altivo que mi madre decía que, a veces,
utilizaba.
El chico de los ojos blancos volvió a
sonreír, y con paso un tanto inseguro, se acercó un poco más a mí; en cuanto estuvo a una distancia en la que podría haber estirado su
mano para alcanzar la mía, se detuvo.
-Permíteme tomar tu mano, por favor,
Emilia.
Yo hice lo propio y le tendí mi mano.
Él la tomó, y empezó a pasarla por sus ojos blancos, que estaban cerrados en
ese instante.
-Emilia, estos ojos, si yo quisiera, no
existirían, porque no me sirven para nada. Yo no conozco el mundo a través de
ellos, yo lo conozco por lo que escucho, huelo y siento –terminó diciendo
dejando caer mis manos a mis costados.
-Pero, ¿por qué? ¿Es por las gafas que
usas? –pregunté yo con toda la inocencia de la que era capaz a mis diez años de
vida.
El chico volvió a sonreír, y yo pensé
que nunca en mi vida había visto que alguien sonriera tantas veces en tan poco
tiempo.
-No, no es por las gafas; al contrario,
ellas protegen mis ojos. Yo, desde que nací, nunca he visto, Emilia.
No podía creer que existiera una
persona que nunca hubiera visto el mundo que había a su alrededor.
-¿Y no es algo que te haga falta? El
poder ver, digo.
-No te puede hacer falta algo que nunca
has tenido.
***
Desde ese día, Julián, así era como se
llamaba el chico de los ojos blancos, y yo, nos convertimos en los mejores
amigos del mundo entero. Todas las mañanas antes de ir al colegio, yo pasaba
por su casa, que quedaba muy cerca de la mía, y nos íbamos juntos caminando.
Durante esos días de corto viaje, establecimos un juego al cual llamamos “Las personas a través de su visibilidad”, que
consistía en que yo le describía a Julián el físico de todo aquel ser humano
que nos íbamos encontrando en el camino, y él, posteriormente, me relataba la
vida de esas personas a partir de mi descripción. Con dicho juego, los dos nos
desternillábamos de risa, y para cuando llegábamos al colegio, las lágrimas nos
corrían por las mejillas.
Fue así como, desde que Julián y yo
establecimos esa rutina mañanera, el madrugar para mí dejó de ser algo escabroso,
convirtiéndose en un motivo de alegría; razón de dicha también para mi madre,
porque eso significaba dejar de maquinar múltiples formas para hacer que yo me
levantara y pudiera llegar temprano al colegio.
***
Todos mis días con Julián eran
magníficos, porque siempre en los recreos nos las ingeniábamos para divertirnos
como nunca; pero un día en especial, Julián me hizo una pregunta, la cual
desembocó en más preguntas, preguntas que marcarían para siempre el rumbo de mi
vida.
-Dime, Emilia, ¿cómo es el color café
del que me hablaste cuando nos conocimos?
Yo quedé tan perdida ante aquella
pregunta, que tuve que tomarme unos segundos antes de responder.
-Te encanta la textura del tronco de
los árboles, ¿verdad?
-Sí, sabes que me fascina -respondió.
-Entonces, el color café es la
sensación que te provoca en tus manos esa textura.
Julián siempre sonreía, pero aquella
vez, ante la respuesta que yo le ofrecí, se dibujó en su rostro la sonrisa más
bella que he visto en mi vida.
-Si es así, tienes el color más bonito
en tus ojos.
-Pero si yo nunca te he dicho de qué
color son mis ojos, Julián.
-Hay cosas en la vida de las que uno,
simplemente, está completamente seguro, Em.
En ese momento, no entendí las palabras
de Julián, pero ahora, tantos años después, no puedo estar más de acuerdo con
ellas.
-Yo diría que el color de tus ojos es
más bonito que el de los míos –respondí aquella vez.
-¿Y cómo es el color de mis ojos? –me
preguntó.
-Como la luz.
-¿Qué luz?
Y cuando Julián me hacía esta última
pregunta, porque siempre nuestras conversaciones llegaban a ella, yo le decía
que me dejara pensar la respuesta, que más tarde se la daba, porque no había
nada que se me ocurriera comparar con sus ojos para que él los comprendiera.
***
Aquel martes, cuando llegué a casa de
Julián para irnos juntos al colegio, me abrió la puerta Doña Carla, el ama de
llaves, diciéndome que Julián había sufrido un accidente y que lo habían
llevado al hospital. Recuerdo que regresé corriendo a buscar a mi mamá,
esperando que aún no se hubiera ido a trabajar para que me llevara a verlo.
En cuanto llegamos al recinto, la madre
de Julián estaba hablando con la recepcionista, así que cuando ella volteó y me
vio, me di cuenta que lloraba y, no sé porqué, yo empecé a llorar también. Mi
madre me abrazó con fuerza, mientras yo esperaba que Julián apareciera con su
bastón blanco y me dijera que todo estaba bien, que podíamos ir ya al colegio
caminando y jugando “Las personas a
través de su visibilidad”.
Pero no fue así; ese día, Julián falleció
a causa del impacto de un coche contra su cuerpo cuando se disponía a cruzar la
calle para ir a la tienda que quedaba cerca a su casa, haciendo que su corazón
estallara, negándole el tiempo a él de escuchar la respuesta que yo siempre le
quedaba debiendo, y a mí negándome el dársela.
***
Han pasado diecinueve años y es
martes, como aquel día.
En la prensa nacional anuncian que La luz en tu oscuridad, mi primer libro,
es número uno en ventas en el país. Muchas personas me han dicho que en la
dedicatoria de un libro, el autor deja un poco de su alma; pero, en mi caso, yo
la dejé casi totalmente, porque ella reza: Aquí
está la respuesta, Julián.
martes, 27 de junio de 2017
Creo.
Creer…
Con estas cinco letras, se puede también formar la palabra “crecer”. Y es que a
la final, eso en lo que creemos, eso que sostenemos tanto para nosotros, es lo
que nos forma, lo que nos sustenta, lo que nos hace tan nuestros.
Personalmente,
creo en cosas varias que han formado, y forman, mi vida, y no sé si haya sido
necesaria esta pequeña introducción, pero hoy quiero escribir sobre esas cosas
en las que creo, así que lo haré.
Creo en
que el olor a café en las mañanas alegra el corazón. Creo en la energía de las
personas, y lo importante que es saber comprenderla. Creo que el alma duele más
que un dolor de muelas, y creo también en el dolor de muelas. Creo en las
flores de colores, y en los atardeceres. Creo en los deseos que se piden luego
de ver una estrella fugaz. Creo en las miradas, y todas las cosas que se dicen
con ellas.
Creo en
mis papás, y en que se dan, les doy y me dan el amor más hermoso que existe. Y
creo en el amor, en que sí se puede encontrar a la vuelta de la esquina. Y
también creo en esa esquina, claro. Creo en Simón, mi perrito, y en que tiene
la mirada más tranquila del universo entero. Creo en mi abuela Mimi, creo
muchísimo en ella. Creo que todavía dejamos el alma en una mirada cuando vemos
un cielo estrellado. Creo en los árboles, y en lo bonito de abrazarlos. Creo en
los libros, y en que ellos son los que te eligen.
Creo en
el poder de las sonrisas, y en los hoyuelos en las mejillas. Creo en Zafón, y
en esa forma tan suya de llegarme al alma. Creo en la arepa con queso, ¡cómo no
voy a creer en ella! Creo en que lo escrito a mano tiene una belleza especial.
Creo en los labios rojos, y en mi insuperable amor por Barcelona. Creo en La
sombra del viento, el libro de mi alma, y en Julián Carax. Creo en mis amigas,
y creo muchísimo en todo lo que me rio con ellas. Creo en las lágrimas, y en
que nos limpian.
Creo en
el queso parmesano, ¡cómo no voy a creer en esa delicia! Creo en mi vestido
azul de la bomba rosada de cuando tenía cuatro años. Creo en el miedo que me
producía la clase de matemáticas. Creo en lo sexy de los ojos cafés, de las
cejas pobladas y de las pestañas largas. Creo en lo delicioso que es bailar
hasta que te duelan los pies. Y creo en mi biblioteca, claramente. Creo en la
magia, y en que podemos encontrarla cuando menos pensemos, o ser nosotros la
magia, ¿por qué no? Creo en los lunares, y que quien te los cuente merece
seguir en tu vida. Creo en las máquinas de escribir, y en la hermosura de otro
tiempo que tienen. Creo en ser fieles a nosotros mismos, y en la valentía que
hay en ello.
Creo en
lo que estoy haciendo ahora mismo: escribir. Creo en el pastel con leche,
¡vamos! Creo en ese “te quiero” inesperado, y en el perfume de vainilla. Creo
en el aura, y creo también en la belleza de las palabras “inmarcesible” y
“serendipia”. Creo en el color café. Creo en los abrazos y en que hay unos
cuantos que te hacen cerrar los ojos. Creo en la importancia de arriesgarse,
pero también creo en lo difícil que es hacerlo; pero creo aún más en los que lo
hacen. Creo que los perfumes traen recuerdos, y creo en los recuerdos. Creo que
las sopas que hace mi mamá tienen superpoderes, y creo también en las cámaras
fotográficas antiguas. Creo en la magia, y el misterio, que tiene el centro
histórico de mi ciudad. Creo en la ley de atracción, y en el poder de la mente.
Creo en las buenas conversaciones, y en la sensación tan agradable que queda
luego de ellas.
Creo que
es un poco terrorífico volver a los sitios donde uno amó la vida. Creo en las
risas de la nada, y en las miradas de si todo. Creo que todavía se puede querer
bonito, claro que se puede. Creo que todo pasa por algo, y que lo que pasa es
lo único que podía haber pasado. Y creo en el pasado. Creo que debemos
rompernos hasta poder llamarnos arte.
Y sí,
creo en estas cosas y en muchas más; pero sobre todo, creo en mí, creo
incondicionalmente en mí.
lunes, 22 de mayo de 2017
Día rojo.
El olor que emanaba
de la sala de espera se sentía como todas las cosas que tenía atoradas en el
alma: asfixiante.
Solo un puesto vacío,
al lado del señor (¿o joven?) de gafas oscuras.
-Cuánto tiempo ha
pasado, bonita.
Esa voz.
Ahora la gabardina y
el sombrero de fieltro cobraban sentido, le daban ese aire atronador que
siempre lo había caracterizado.
-Pensé que nunca
volverías a aparecer –dije con la voz que me quedaba.
-Sabes que jamás me
iré del todo.
Y cómo lo sabía.
-¿Por qué apareces
justo ahora?
-Porque me sentía
viejo, y olvidado.
No reconocí la risa
que salió de mi garganta.
-¿Olvidado? ¿Tú? Si
hay una palabra que no combina contigo es el olvido.
-Venga, bonita,
necesito que lleves mi peso de nuevo en ti, ayúdame –su tono de voz no podía
ser otro que el de la agonía.
-Dime, ¿acaso tengo
otra opción? Además, ¿por qué te molestas en ser tan educado y gentil, si al
final terminas haciendo lo que se te da la gana, arrasando con todo a tu paso?
-Me alegra que hayas
aprendido –y, como siempre, su agonía desapareció, dando paso a una
satisfacción exasperante.
Fue entonces cuando,
una vez más, El Pasado subió a mi espalda, haciendo que su peso y mi peso
fueran uno solo.
Sobrecargándome.
Invadiéndome.
En el instante en el
que pensé que, esta vez, no iba a poder con él, la puerta del consultorio se
abrió.
-Mara, es hora de tu
radiografía.
Y como si esas seis
palabras me hubieran dado fuerza, porque era muy posible que en esa radiografía
se entreviera El Pasado, y lo menos que yo quería era que este tuviera un poco
de luz, reuní el valor suficiente para que mi mano atravesara su pecho, hasta
llegar a su corazón, agarrándolo fuerte, duro, oprimiéndolo, mientras escuchaba
la risa feroz del que ahora era mi presente.
-Eso es, bonita,
libérate de mí.
Fue ahí cuando El
Pasado se convirtió en mi reflejo…
Era yo la de la
herida,
sangrando,
pero también sanando.
sábado, 18 de marzo de 2017
Un día, ...
Un día, ella no
aguantó más y le hizo la pregunta que tenía atorada en la voz desde hacía mucho
tiempo.
-Entonces, ¿no te
gusto?
Y él abrió los labios
para dar esa respuesta que también, como ella, tenía atorada en su propia voz.
-No, no me gustas;
pero eres el olor a café en las mañanas. El abrazo que te hace cerrar los ojos.
Los cuatro elementos. Una canción triste. El último párrafo de un libro. Las
miradas que chocan y no huyen. Un poema de Benedetti. La pestaña que cumple el
deseo. Los labios que no se separan. La sonrisa que salva. El temblor del alma.
El cielo estrellado. Ese vacío en el pecho. Los pterodáctilos en el estómago.
Las sonrisas que son espejos después de una mirada. Las cosas que callas. La
aurora boreal. El Els Quatre Gats de Barcelona. La última risa cuando ya nadie
ríe. La primera copa de vino. La espalda que es universo. Las arruguitas
alrededor de los ojos durante una sonrisa. El “sí” cuando estabas seguro del
“no”. La película que pensabas que no te iba a gustar. El mirar cuando ya te
estaban mirando. Las “buenas noches” cuando el día ha sido fatal. Los ojos que
se reconocen. El “me quiere” del último pétalo de la flor. Las frases de Zafón.
El libro que te roba un poquito de alma. La sonrisa después del beso. El sueño
que no se puede contar. La primera estrella fugaz que te ve. Lo que hay detrás
de la poesía. Y los lunares que se sienten como cicatrices.
***
… Y está de más decir
que el alma fue lo único que se rompieron.
lunes, 20 de febrero de 2017
Te vi.
Te vi a los ojos.
Te vi yendo detrás de
una pelota mientras pensabas que eras la chica más rápida del mundo.
E intentando
levantarte rápido del suelo después de una caída monumental, cuando tus
rodillas raspadas eran la única herida que llevabas.
Te vi viendo a mamá,
pensando que era el aire que te hacía vivir.
Y te vi intentando
secar el sudor de tus manos cuando se acercaba la clase de matemáticas.
Te vi brillar cuando
llegaba la hora de los juegos con papá.
Y esperando con
ansias el viernes para salir a jugar escondite con tus amigos.
Te vi disfrutar como
nunca cuando había jugo de mora en casa, porque sabías que luego sería helado.
Y cuando te rodeabas
de las flores de aquellas gradas.
Te vi cuando
aprendiste a leer, y cómo te emocionaste por ello.
Te vi aprendiendo a
manejar bicicleta, y la forma en que la ley de gravedad en ese momento se
extinguió.
Y cuando ayudabas a
buscar al gato que pintó las paredes de casa de la abuela, sabiendo muy bien
que la que tenía bigotes eras tú.
Te vi la emoción de
correr a contarle a tu tía que tenías ciertos bichitos en la cabeza, porque por
fin dejarías de ser hija única.
Te vi saludándome de
lejos, con aquellos ojos que no han cambiado nada y que aún me lo dicen todo.
Te vi diciendo que te
recuerde,
que no te olvide.
Que te llevo en mí,
que algún día fui tú.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)
Quiero.
Quiero saber a dónde fue ese sueño que no recordaron al despertar. Y qué hizo que ese corazón roto se enamorara de todas sus grieta...

