domingo, 12 de enero de 2020

Quiero.

Quiero saber a dónde fue ese sueño
que no recordaron al despertar.
Y qué hizo que ese corazón roto
se enamorara de todas sus grietas.
Quiero saber qué sintió esa mirada
que pedía un auxilio que nadie advirtió,
solo porque era ella a la que siempre
habían creído salvavidas.
Y si hubo arrepentimiento
en ese desastre que no era natural,
pero que su naturaleza sí era destrozar.
Quiero saber por qué nunca les llegó
la calma a esas dos vidas que
fueron tormenta.
Y si fue casualidad que
esa bala perdida llegara justo
donde la persona que siempre la
había querido encontrar.
Quiero saber si el motivo por el que
el sol se esconde todos los
días, es porque nadie ha sido capaz
de sostenerle la mirada.
Y qué nos diría el eco a todos los que
hemos pisado abismos creyendo
que cruzábamos puentes.
Quiero saber para quién sería la
última palabra del miedo cuando al oír el
“sálvese quien pueda”, no pudiera.
Y  cuántos disparos tiene que esquivar
un “te quiero” para no convertirse
en “te quie(b)ro”.
Quiero saber cuál es la excusa
del corazón para tener a la razón
dentro  y no usarla.
Y por qué, a veces,
nos parecemos tanto a las olas: no
sabemos irnos con la misma
fuerza que utilizamos para llegar.

lunes, 15 de octubre de 2018

Grito.

En días como hoy, no guardaré
un minuto de silenciopor aquello
que quiero gritar durante horas.
Y lo haré por esas cenizas que
nadie se atrevió a soplar
para convertirlas en fuego.
Por esa causa que nunca
provocó un efecto.
Y por ese rompecabezas que
aprendió a romper más corazones.
Gritaré por ese oasis que
de tanto esperar,
se convirtió en desierto.
Por esos intentos que
no eran fallidos,
pero les fallamos.
Por aquella herida que
confundieron con cicatriz.
Y por esa memoria que quería
darse por perdida.
Le regalaré un grito a esa
corriente que nunca
nadaron contra ella.
A esa luz que no pudo
encontrar su túnel.
Y a aquél reloj de arena al
que nunca le dieron la vuelta.
Gritaré por esas dos almas gemelas
que se atrevieron a correr en una
carrera que tenía distintas
líneas de llegada.
Por ese laberinto en el
que nadie se perdió.
Por ese pasado que se
convirtió en futuro porque
estaba muy presente.
Y por esa eternidad que
tenía los días contados.
Pero gritaré más fuerte aún por
ese recuerdo que, en su séptima vida,
dijo: rómpeme como se rompe
al silencio.






domingo, 2 de septiembre de 2018

I.m.p.o.s.i.b.l.e.

I.m.p.o.s.i.b.l.e.
Imposible como tratar de desatarte
ese nudo en la garganta cuando
tú misma fuiste la que aprendió a hacerlo ciego.
O cuando el arcoíris se instaló
en aquella mente condenada a
estar para siempre
en blanco.
Imposible como aquella vez que quisiste
robarle al “inevitable”
sus dos primeras letras.
Y cuando creíste que tocabas el cielo con las manos
pero solo era su reflejo en el agua.
Imposible como “la última y nos vamos”,
porque sabías que no sería la última,
y que tampoco te irías.
O cuando pensaste que podías salir ilesa al
volver a escuchar esa canción.
Imposible como evitar sangrar cuando
has sido cuchillo y herida a la vez.
O cuando dijiste “adiós” con el “quédate”
a un centímetro de distancia.
Imposible como tratar de crearle
múltiples entradas al que estaba destinado
a ser tu callejón sin salida.
O cuando el huracán de palabras
que siempre fuiste se quedó sin aliento,
y aprendiste que también hay valentía
en los silencios.
Imposible como el momento en el que ella supo
que había arte en “amarte” y “matarte” y,
con el alma (¿o el arma?) en las manos,
hizo posibles las dos.




lunes, 9 de octubre de 2017

La luz en tu oscuridad.

Tenía diez años el día que lo conocí, empezaba quinto de primaria, y transcurría el año 1998.
Nunca había sido una niña madrugadora, pero ese día, como si supiera lo que iba a pasar, no puse mayor resistencia para levantarme.
-Pero mira que has cambiado –dijo mi madre con un tono demasiado orgulloso para mi gusto, porque ni yo misma sabía el motivo de mi tan inesperada voluntad.
En cuanto estuve lista para salir de casa, nos dirigimos con mi madre hacia el lugar que, según ella, era indispensable para la vida, solo porque había que seguir los parámetros ya establecidos por la sociedad en la que vivíamos. Si mis recuerdos no me fallan, aquel sitio estaba rodeado de verde: árboles, césped y muchas flores, con lo que me alegré, porque el verde siempre me ha dado paz.
-Bienvenida a tu primer día de clases, Emilia –me saludó una mujer demasiado sonriente que, suponía, debía tener la misma edad de mi madre.
La profesora, que se llamaba Norma, me tomó de la mano y me guió hacia el interior de la estancia, mientras yo volteaba a ver a mamá, y esta me despedía con una sonrisa que aseguraba que volvería por mí dentro de unas horas.
-Bueno, Emilia, este será tu salón de clases, y estos son tus compañeros –dijo la profesora en cuanto entrábamos a un espacio muy pequeñito, pero donde reinaba tal bullicio, que estuve a punto de cubrirme los oídos con las manos.
Estoy segura que la presencia de la profesora tenía un efecto especial en hacer disminuir el ruido proveniente de todos los niños de mi edad que estaban en el salón, porque de inmediato las diez personas que estaban delante de mí, se dirigieron a sus respectivos puestos y se sentaron.
-Chicos, ella es Emilia, su nueva compañera. Saludémosla como es debido.
Uno a uno, y con el concepto del tiempo que tienen los niños, diez manos tomaron la mía; la octava de ellas con un poco de dificultad para encontrarla.
***
-Hola –dijo una voz a mis espaldas.
Cuando volteé, vi que la voz provenía de la persona de la octava mano.
-Hola –respondí.
-Me ha dicho la profe Norma que te acompañe, porque como eres nueva, seguro quieres jugar con alguien.
En cuanto terminó la frase, me di cuenta que la compañera de aquella mano que yo había estrechado con un poco de dificultad, llevaba sujeto un bastón blanco, así que pensé que aquel chico debía haber sufrido alguna caída que lo obligaba a usarlo; caída que yo, en aquel instante, atribuí al hecho de que este llevaba puestas unas gafas oscuras que no se quitaba en ningún momento, y que supuse que le hacían ver todo oscuro también.
-¿Y a qué podríamos jugar si llevas ese bastón y esas gafas, que además no te deben dejar ver nada?
Recuerdo que aquel chico sonrió, y en un momento muy rápido, se deshizo de las gafas que llevaba puestas, detrás de las cuales estaban los únicos ojos completamente blancos que había visto en lo que llevaba de vida. Estaba tan impactada al ver aquellos ojos, que le pregunté el porqué de la ausencia del color café en ellos, ya que yo pensaba que por el hecho de tener los míos de ese color, los de todo el mundo debían ser iguales.
-Bueno, supongo que debo preguntarte a ti por la presencia del color café en los tuyos –dijo con aquella voz que me ha perseguido desde entonces.
Tal respuesta me hizo pensar tanto,  que al final no pude decir nada, así que fue él quien habló.
-Lo de las gafas ya está solucionado, pero del bastón no me puedo deshacer, porque con la ayuda de él es con la que te voy a encontrar cuando te escondas; así que contaré hasta veinte, y empiezo ya.
-¡Espera! Para que yo me pueda esconder, tú tienes que cerrar los ojos, de lo contrario vas a ver hacia dónde voy.
-No te preocupes por mis ojos, te aseguro que ellos no me sirven para ver.
-Pero si para eso sirven los ojos, para que veamos –contesté yo con el tono de voz altivo que mi madre decía que, a veces, utilizaba.
El chico de los ojos blancos volvió a sonreír, y con paso un tanto inseguro, se acercó un poco más a mí; en cuanto estuvo a una distancia en la que podría haber estirado su mano para alcanzar la mía, se detuvo.
-Permíteme tomar tu mano, por favor, Emilia.
Yo hice lo propio y le tendí mi mano. Él la tomó, y empezó a pasarla por sus ojos blancos, que estaban cerrados en ese instante.
-Emilia, estos ojos, si yo quisiera, no existirían, porque no me sirven para nada. Yo no conozco el mundo a través de ellos, yo lo conozco por lo que escucho, huelo y siento –terminó diciendo dejando caer mis manos a mis costados.
-Pero, ¿por qué? ¿Es por las gafas que usas? –pregunté yo con toda la inocencia de la que era capaz a mis diez años de vida.
El chico volvió a sonreír, y yo pensé que nunca en mi vida había visto que alguien sonriera tantas veces en tan poco tiempo.
-No, no es por las gafas; al contrario, ellas protegen mis ojos. Yo, desde que nací, nunca he visto, Emilia.
No podía creer que existiera una persona que nunca hubiera visto el mundo que había a su alrededor.
-¿Y no es algo que te haga falta? El poder ver, digo.
-No te puede hacer falta algo que nunca has tenido.
***
Desde ese día, Julián, así era como se llamaba el chico de los ojos blancos, y yo, nos convertimos en los mejores amigos del mundo entero. Todas las mañanas antes de ir al colegio, yo pasaba por su casa, que quedaba muy cerca de la mía, y nos íbamos juntos caminando. Durante esos días de corto viaje, establecimos un juego al cual llamamos “Las personas a través de su visibilidad”, que consistía en que yo le describía a Julián el físico de todo aquel ser humano que nos íbamos encontrando en el camino, y él, posteriormente, me relataba la vida de esas personas a partir de mi descripción. Con dicho juego, los dos nos desternillábamos de risa, y para cuando llegábamos al colegio, las lágrimas nos corrían por las mejillas.
Fue así como, desde que Julián y yo establecimos esa rutina mañanera, el madrugar para mí dejó de ser algo escabroso, convirtiéndose en un motivo de alegría; razón de dicha también para mi madre, porque eso significaba dejar de maquinar múltiples formas para hacer que yo me levantara y pudiera llegar temprano al colegio.
***
Todos mis días con Julián eran magníficos, porque siempre en los recreos nos las ingeniábamos para divertirnos como nunca; pero un día en especial, Julián me hizo una pregunta, la cual desembocó en más preguntas, preguntas que marcarían para siempre el rumbo de mi vida.
-Dime, Emilia, ¿cómo es el color café del que me hablaste cuando nos conocimos?
Yo quedé tan perdida ante aquella pregunta, que tuve que tomarme unos segundos antes de responder.
-Te encanta la textura del tronco de los árboles, ¿verdad?
-Sí, sabes que me fascina -respondió.
-Entonces, el color café es la sensación que te provoca en tus manos esa textura.
Julián siempre sonreía, pero aquella vez, ante la respuesta que yo le ofrecí, se dibujó en su rostro la sonrisa más bella que he visto en mi vida.
-Si es así, tienes el color más bonito en tus ojos.
-Pero si yo nunca te he dicho de qué color son mis ojos, Julián.
-Hay cosas en la vida de las que uno, simplemente, está completamente seguro, Em.
En ese momento, no entendí las palabras de Julián, pero ahora, tantos años después, no puedo estar más de acuerdo con ellas.
-Yo diría que el color de tus ojos es más bonito que el de los míos –respondí aquella vez.
-¿Y cómo es el color de mis ojos? –me preguntó.
-Como la luz.
-¿Qué luz?
Y cuando Julián me hacía esta última pregunta, porque siempre nuestras conversaciones llegaban a ella, yo le decía que me dejara pensar la respuesta, que más tarde se la daba, porque no había nada que se me ocurriera comparar con sus ojos para que él los comprendiera.
***
Aquel martes, cuando llegué a casa de Julián para irnos juntos al colegio, me abrió la puerta Doña Carla, el ama de llaves, diciéndome que Julián había sufrido un accidente y que lo habían llevado al hospital. Recuerdo que regresé corriendo a buscar a mi mamá, esperando que aún no se hubiera ido a trabajar para que me llevara a verlo.
En cuanto llegamos al recinto, la madre de Julián estaba hablando con la recepcionista, así que cuando ella volteó y me vio, me di cuenta que lloraba y, no sé porqué, yo empecé a llorar también. Mi madre me abrazó con fuerza, mientras yo esperaba que Julián apareciera con su bastón blanco y me dijera que todo estaba bien, que podíamos ir ya al colegio caminando y jugando “Las personas a través de su visibilidad”.
Pero no fue así; ese día, Julián falleció a causa del impacto de un coche contra su cuerpo cuando se disponía a cruzar la calle para ir a la tienda que quedaba cerca a su casa, haciendo que su corazón estallara, negándole el tiempo a él de escuchar la respuesta que yo siempre le quedaba debiendo, y a mí negándome el dársela.
***
Han pasado diecinueve años y es martes, como aquel día.
En la prensa nacional anuncian que La luz en tu oscuridad, mi primer libro, es número uno en ventas en el país. Muchas personas me han dicho que en la dedicatoria de un libro, el autor deja un poco de su alma; pero, en mi caso, yo la dejé casi totalmente, porque ella reza: Aquí está la respuesta, Julián.


martes, 27 de junio de 2017

Creo.

Creer… Con estas cinco letras, se puede también formar la palabra “crecer”. Y es que a la final, eso en lo que creemos, eso que sostenemos tanto para nosotros, es lo que nos forma, lo que nos sustenta, lo que nos hace tan nuestros.
Personalmente, creo en cosas varias que han formado, y forman, mi vida, y no sé si haya sido necesaria esta pequeña introducción, pero hoy quiero escribir sobre esas cosas en las que creo, así que lo haré.
Creo en que el olor a café en las mañanas alegra el corazón. Creo en la energía de las personas, y lo importante que es saber comprenderla. Creo que el alma duele más que un dolor de muelas, y creo también en el dolor de muelas. Creo en las flores de colores, y en los atardeceres. Creo en los deseos que se piden luego de ver una estrella fugaz. Creo en las miradas, y todas las cosas que se dicen con ellas.
Creo en mis papás, y en que se dan, les doy y me dan el amor más hermoso que existe. Y creo en el amor, en que sí se puede encontrar a la vuelta de la esquina. Y también creo en esa esquina, claro. Creo en Simón, mi perrito, y en que tiene la mirada más tranquila del universo entero. Creo en mi abuela Mimi, creo muchísimo en ella. Creo que todavía dejamos el alma en una mirada cuando vemos un cielo estrellado. Creo en los árboles, y en lo bonito de abrazarlos. Creo en los libros, y en que ellos son los que te eligen.
Creo en el poder de las sonrisas, y en los hoyuelos en las mejillas. Creo en Zafón, y en esa forma tan suya de llegarme al alma. Creo en la arepa con queso, ¡cómo no voy a creer en ella! Creo en que lo escrito a mano tiene una belleza especial. Creo en los labios rojos, y en mi insuperable amor por Barcelona. Creo en La sombra del viento, el libro de mi alma, y en Julián Carax. Creo en mis amigas, y creo muchísimo en todo lo que me rio con ellas. Creo en las lágrimas, y en que nos limpian.
Creo en el queso parmesano, ¡cómo no voy a creer en esa delicia! Creo en mi vestido azul de la bomba rosada de cuando tenía cuatro años. Creo en el miedo que me producía la clase de matemáticas. Creo en lo sexy de los ojos cafés, de las cejas pobladas y de las pestañas largas. Creo en lo delicioso que es bailar hasta que te duelan los pies. Y creo en mi biblioteca, claramente. Creo en la magia, y en que podemos encontrarla cuando menos pensemos, o ser nosotros la magia, ¿por qué no? Creo en los lunares, y que quien te los cuente merece seguir en tu vida. Creo en las máquinas de escribir, y en la hermosura de otro tiempo que tienen. Creo en ser fieles a nosotros mismos, y en la valentía que hay en ello.
Creo en lo que estoy haciendo ahora mismo: escribir. Creo en el pastel con leche, ¡vamos! Creo en ese “te quiero” inesperado, y en el perfume de vainilla. Creo en el aura, y creo también en la belleza de las palabras “inmarcesible” y “serendipia”. Creo en el color café. Creo en los abrazos y en que hay unos cuantos que te hacen cerrar los ojos. Creo en la importancia de arriesgarse, pero también creo en lo difícil que es hacerlo; pero creo aún más en los que lo hacen. Creo que los perfumes traen recuerdos, y creo en los recuerdos. Creo que las sopas que hace mi mamá tienen superpoderes, y creo también en las cámaras fotográficas antiguas. Creo en la magia, y el misterio, que tiene el centro histórico de mi ciudad. Creo en la ley de atracción, y en el poder de la mente. Creo en las buenas conversaciones, y en la sensación tan agradable que queda luego de ellas.
Creo que es un poco terrorífico volver a los sitios donde uno amó la vida. Creo en las risas de la nada, y en las miradas de si todo. Creo que todavía se puede querer bonito, claro que se puede. Creo que todo pasa por algo, y que lo que pasa es lo único que podía haber pasado. Y creo en el pasado. Creo que debemos rompernos hasta poder llamarnos arte.
Y sí, creo en estas cosas y en muchas más; pero sobre todo, creo en mí, creo incondicionalmente en mí. 

lunes, 22 de mayo de 2017

Día rojo.

El olor que emanaba de la sala de espera se sentía como todas las cosas que tenía atoradas en el alma: asfixiante.

Solo un puesto vacío, al lado del señor (¿o joven?) de gafas oscuras.

-Cuánto tiempo ha pasado, bonita.

Esa voz.

Ahora la gabardina y el sombrero de fieltro cobraban sentido, le daban ese aire atronador que siempre lo había caracterizado.

-Pensé que nunca volverías a aparecer –dije con la voz que me quedaba.

-Sabes que jamás me iré del todo.

Y cómo lo sabía.

-¿Por qué apareces justo ahora?

-Porque me sentía viejo, y olvidado.

No reconocí la risa que salió de mi garganta.

-¿Olvidado? ¿Tú? Si hay una palabra que no combina contigo es el olvido.

-Venga, bonita, necesito que lleves mi peso de nuevo en ti, ayúdame –su tono de voz no podía ser otro que el de la agonía.

-Dime, ¿acaso tengo otra opción? Además, ¿por qué te molestas en ser tan educado y gentil, si al final terminas haciendo lo que se te da la gana, arrasando con todo a tu paso?

-Me alegra que hayas aprendido –y, como siempre, su agonía desapareció, dando paso a una satisfacción exasperante.

Fue entonces cuando, una vez más, El Pasado subió a mi espalda, haciendo que su peso y mi peso fueran uno solo.

Sobrecargándome.

Invadiéndome.

En el instante en el que pensé que, esta vez, no iba a poder con él, la puerta del consultorio se abrió.

-Mara, es hora de tu radiografía.

Y como si esas seis palabras me hubieran dado fuerza, porque era muy posible que en esa radiografía se entreviera El Pasado, y lo menos que yo quería era que este tuviera un poco de luz, reuní el valor suficiente para que mi mano atravesara su pecho, hasta llegar a su corazón, agarrándolo fuerte, duro, oprimiéndolo, mientras escuchaba la risa feroz del que ahora era mi presente.

-Eso es, bonita, libérate de mí.

Fue ahí cuando El Pasado se convirtió en mi reflejo…


Era yo la de la herida,

sangrando,

                 pero también sanando.




sábado, 18 de marzo de 2017

Un día, ...

Un día, ella no aguantó más y le hizo la pregunta que tenía atorada en la voz desde hacía mucho tiempo.


-Entonces, ¿no te gusto?


Y él abrió los labios para dar esa respuesta que también, como ella, tenía atorada en su propia voz.


-No, no me gustas; pero eres el olor a café en las mañanas. El abrazo que te hace cerrar los ojos. Los cuatro elementos. Una canción triste. El último párrafo de un libro. Las miradas que chocan y no huyen. Un poema de Benedetti. La pestaña que cumple el deseo. Los labios que no se separan. La sonrisa que salva. El temblor del alma. El cielo estrellado. Ese vacío en el pecho. Los pterodáctilos en el estómago. Las sonrisas que son espejos después de una mirada. Las cosas que callas. La aurora boreal. El Els Quatre Gats de Barcelona. La última risa cuando ya nadie ríe. La primera copa de vino. La espalda que es universo. Las arruguitas alrededor de los ojos durante una sonrisa. El “sí” cuando estabas seguro del “no”. La película que pensabas que no te iba a gustar. El mirar cuando ya te estaban mirando. Las “buenas noches” cuando el día ha sido fatal. Los ojos que se reconocen. El “me quiere” del último pétalo de la flor. Las frases de Zafón. El libro que te roba un poquito de alma. La sonrisa después del beso. El sueño que no se puede contar. La primera estrella fugaz que te ve. Lo que hay detrás de la poesía. Y los lunares que se sienten como cicatrices.

***


… Y está de más decir que el alma fue lo único que se rompieron.




lunes, 20 de febrero de 2017

Te vi.

Te vi a los ojos.

Te vi yendo detrás de una pelota mientras pensabas que eras la chica más rápida del mundo.

E intentando levantarte rápido del suelo después de una caída monumental, cuando tus rodillas raspadas eran la única herida que llevabas.

Te vi viendo a mamá, pensando que era el aire que te hacía vivir.

Y te vi intentando secar el sudor de tus manos cuando se acercaba la clase de matemáticas.

Te vi brillar cuando llegaba la hora de los juegos con papá.

Y esperando con ansias el viernes para salir a jugar escondite con tus amigos.

Te vi disfrutar como nunca cuando había jugo de mora en casa, porque sabías que luego sería helado.

Y cuando te rodeabas de las flores de aquellas gradas.

Te vi cuando aprendiste a leer, y cómo te emocionaste por ello.

Te vi aprendiendo a manejar bicicleta, y la forma en que la ley de gravedad en ese momento se extinguió.

Y cuando ayudabas a buscar al gato que pintó las paredes de casa de la abuela, sabiendo muy bien que la que tenía bigotes eras tú.

Te vi la emoción de correr a contarle a tu tía que tenías ciertos bichitos en la cabeza, porque por fin dejarías de ser hija única.

Te vi saludándome de lejos, con aquellos ojos que no han cambiado nada y que aún me lo dicen todo.

Te vi diciendo que te recuerde,

que no te olvide.

Que te llevo en mí,

                                    que algún día fui tú.




Quiero.

Quiero saber a dónde fue ese sueño que no recordaron al despertar. Y qué hizo que ese corazón roto se enamorara de todas sus grieta...