El olor que emanaba
de la sala de espera se sentía como todas las cosas que tenía atoradas en el
alma: asfixiante.
Solo un puesto vacío,
al lado del señor (¿o joven?) de gafas oscuras.
-Cuánto tiempo ha
pasado, bonita.
Esa voz.
Ahora la gabardina y
el sombrero de fieltro cobraban sentido, le daban ese aire atronador que
siempre lo había caracterizado.
-Pensé que nunca
volverías a aparecer –dije con la voz que me quedaba.
-Sabes que jamás me
iré del todo.
Y cómo lo sabía.
-¿Por qué apareces
justo ahora?
-Porque me sentía
viejo, y olvidado.
No reconocí la risa
que salió de mi garganta.
-¿Olvidado? ¿Tú? Si
hay una palabra que no combina contigo es el olvido.
-Venga, bonita,
necesito que lleves mi peso de nuevo en ti, ayúdame –su tono de voz no podía
ser otro que el de la agonía.
-Dime, ¿acaso tengo
otra opción? Además, ¿por qué te molestas en ser tan educado y gentil, si al
final terminas haciendo lo que se te da la gana, arrasando con todo a tu paso?
-Me alegra que hayas
aprendido –y, como siempre, su agonía desapareció, dando paso a una
satisfacción exasperante.
Fue entonces cuando,
una vez más, El Pasado subió a mi espalda, haciendo que su peso y mi peso
fueran uno solo.
Sobrecargándome.
Invadiéndome.
En el instante en el
que pensé que, esta vez, no iba a poder con él, la puerta del consultorio se
abrió.
-Mara, es hora de tu
radiografía.
Y como si esas seis
palabras me hubieran dado fuerza, porque era muy posible que en esa radiografía
se entreviera El Pasado, y lo menos que yo quería era que este tuviera un poco
de luz, reuní el valor suficiente para que mi mano atravesara su pecho, hasta
llegar a su corazón, agarrándolo fuerte, duro, oprimiéndolo, mientras escuchaba
la risa feroz del que ahora era mi presente.
-Eso es, bonita,
libérate de mí.
Fue ahí cuando El
Pasado se convirtió en mi reflejo…
Era yo la de la
herida,
sangrando,
pero también sanando.
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