lunes, 20 de febrero de 2017

Te vi.

Te vi a los ojos.

Te vi yendo detrás de una pelota mientras pensabas que eras la chica más rápida del mundo.

E intentando levantarte rápido del suelo después de una caída monumental, cuando tus rodillas raspadas eran la única herida que llevabas.

Te vi viendo a mamá, pensando que era el aire que te hacía vivir.

Y te vi intentando secar el sudor de tus manos cuando se acercaba la clase de matemáticas.

Te vi brillar cuando llegaba la hora de los juegos con papá.

Y esperando con ansias el viernes para salir a jugar escondite con tus amigos.

Te vi disfrutar como nunca cuando había jugo de mora en casa, porque sabías que luego sería helado.

Y cuando te rodeabas de las flores de aquellas gradas.

Te vi cuando aprendiste a leer, y cómo te emocionaste por ello.

Te vi aprendiendo a manejar bicicleta, y la forma en que la ley de gravedad en ese momento se extinguió.

Y cuando ayudabas a buscar al gato que pintó las paredes de casa de la abuela, sabiendo muy bien que la que tenía bigotes eras tú.

Te vi la emoción de correr a contarle a tu tía que tenías ciertos bichitos en la cabeza, porque por fin dejarías de ser hija única.

Te vi saludándome de lejos, con aquellos ojos que no han cambiado nada y que aún me lo dicen todo.

Te vi diciendo que te recuerde,

que no te olvide.

Que te llevo en mí,

                                    que algún día fui tú.




Quiero.

Quiero saber a dónde fue ese sueño que no recordaron al despertar. Y qué hizo que ese corazón roto se enamorara de todas sus grieta...