I.m.p.o.s.i.b.l.e.
Imposible como tratar de desatarte
ese nudo en
la garganta cuando
tú misma
fuiste la que aprendió a hacerlo ciego.
O cuando el arcoíris se instaló
en aquella
mente condenada a
estar para
siempre
en blanco.
Imposible como aquella vez que quisiste
robarle al
“inevitable”
sus dos
primeras letras.
Y cuando creíste que tocabas el cielo con las manos
pero solo
era su reflejo en el agua.
Imposible como “la última y nos vamos”,
porque sabías
que no sería la última,
y que tampoco
te irías.
O cuando pensaste que podías salir ilesa al
volver a
escuchar esa canción.
Imposible como evitar sangrar cuando
has sido
cuchillo y herida a la vez.
O cuando dijiste “adiós” con el “quédate”
a un
centímetro de distancia.
Imposible como tratar de crearle
múltiples
entradas al que estaba destinado
a ser tu
callejón sin salida.
O cuando el huracán de palabras
que siempre
fuiste se quedó sin aliento,
y aprendiste
que también hay valentía
en los
silencios.
Imposible como el momento en el que ella supo
que había
arte en “amarte” y “matarte” y,
con el alma (¿o el arma?) en las manos,
hizo posibles las dos.
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