martes, 25 de octubre de 2016

Ahí estaba.

Ahí estaba, frente a mí, con esa anticipación enjaulada.

-Hola –dijo con voz entrecortada.

Había pasado mucho tiempo, haciendo que su alma no me resultara tan familiar como evidentemente lo era.

-¿Qué tal? –apenas escuché mi voz.

-Sobreviviendo, ya sabes.

“Y de qué manera lo sabía”.

-Es lo que solemos hacer.

-Sí, ya es una costumbre.

-“Costumbre” es lo que nos define, lo que siempre nos definirá.

-A veces odio las frases que dices.

-Dime qué no odias, por favor.

-Tú más que nadie sabes qué es lo que no odio.

-Lastimosamente, así es.

-Puedes llegar a ser una mierda.

-Eso también es cierto.

-¿No dirás nada más?

“Tantas cosas que decir”.

-¿Quieres que diga algo más?

-Siempre querré que digas algo más.

-¿Por qué?

-Porque me descargas.

-¿Yo te descargo?

-Eres la única persona que puede hacerlo.

-Qué locura.

-No hables tú de locura.

-¿Sabes…?

-Sé lo que dirás.

-Me da gusto haberte encontrado otra vez.


La mirada fija.

La puerta se abre y entra mamá.

La extrañeza latente en su mirada.


-Pero, mujer, ¿le estás buscando un agujero negro al espejo?





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