Ahí estaba, frente a mí, con esa anticipación enjaulada.
-Hola
–dijo con voz entrecortada.
Había
pasado mucho tiempo, haciendo que su alma no me resultara tan familiar como
evidentemente lo era.
-¿Qué
tal? –apenas escuché mi voz.
-Sobreviviendo,
ya sabes.
“Y
de qué manera lo sabía”.
-Es
lo que solemos hacer.
-Sí,
ya es una costumbre.
-“Costumbre”
es lo que nos define, lo que siempre nos definirá.
-A
veces odio las frases que dices.
-Dime
qué no odias, por favor.
-Tú
más que nadie sabes qué es lo que no odio.
-Lastimosamente,
así es.
-Puedes
llegar a ser una mierda.
-Eso
también es cierto.
-¿No
dirás nada más?
“Tantas
cosas que decir”.
-¿Quieres
que diga algo más?
-Siempre
querré que digas algo más.
-¿Por
qué?
-Porque
me descargas.
-¿Yo
te descargo?
-Eres
la única persona que puede hacerlo.
-Qué
locura.
-No
hables tú de locura.
-¿Sabes…?
-Sé
lo que dirás.
-Me
da gusto haberte encontrado otra vez.
La
puerta se abre y entra mamá.
La
extrañeza latente en su mirada.
La
mirada fija.
-Pero,
mujer, ¿le estás buscando un agujero negro al espejo?
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