lunes, 9 de octubre de 2017

La luz en tu oscuridad.

Tenía diez años el día que lo conocí, empezaba quinto de primaria, y transcurría el año 1998.
Nunca había sido una niña madrugadora, pero ese día, como si supiera lo que iba a pasar, no puse mayor resistencia para levantarme.
-Pero mira que has cambiado –dijo mi madre con un tono demasiado orgulloso para mi gusto, porque ni yo misma sabía el motivo de mi tan inesperada voluntad.
En cuanto estuve lista para salir de casa, nos dirigimos con mi madre hacia el lugar que, según ella, era indispensable para la vida, solo porque había que seguir los parámetros ya establecidos por la sociedad en la que vivíamos. Si mis recuerdos no me fallan, aquel sitio estaba rodeado de verde: árboles, césped y muchas flores, con lo que me alegré, porque el verde siempre me ha dado paz.
-Bienvenida a tu primer día de clases, Emilia –me saludó una mujer demasiado sonriente que, suponía, debía tener la misma edad de mi madre.
La profesora, que se llamaba Norma, me tomó de la mano y me guió hacia el interior de la estancia, mientras yo volteaba a ver a mamá, y esta me despedía con una sonrisa que aseguraba que volvería por mí dentro de unas horas.
-Bueno, Emilia, este será tu salón de clases, y estos son tus compañeros –dijo la profesora en cuanto entrábamos a un espacio muy pequeñito, pero donde reinaba tal bullicio, que estuve a punto de cubrirme los oídos con las manos.
Estoy segura que la presencia de la profesora tenía un efecto especial en hacer disminuir el ruido proveniente de todos los niños de mi edad que estaban en el salón, porque de inmediato las diez personas que estaban delante de mí, se dirigieron a sus respectivos puestos y se sentaron.
-Chicos, ella es Emilia, su nueva compañera. Saludémosla como es debido.
Uno a uno, y con el concepto del tiempo que tienen los niños, diez manos tomaron la mía; la octava de ellas con un poco de dificultad para encontrarla.
***
-Hola –dijo una voz a mis espaldas.
Cuando volteé, vi que la voz provenía de la persona de la octava mano.
-Hola –respondí.
-Me ha dicho la profe Norma que te acompañe, porque como eres nueva, seguro quieres jugar con alguien.
En cuanto terminó la frase, me di cuenta que la compañera de aquella mano que yo había estrechado con un poco de dificultad, llevaba sujeto un bastón blanco, así que pensé que aquel chico debía haber sufrido alguna caída que lo obligaba a usarlo; caída que yo, en aquel instante, atribuí al hecho de que este llevaba puestas unas gafas oscuras que no se quitaba en ningún momento, y que supuse que le hacían ver todo oscuro también.
-¿Y a qué podríamos jugar si llevas ese bastón y esas gafas, que además no te deben dejar ver nada?
Recuerdo que aquel chico sonrió, y en un momento muy rápido, se deshizo de las gafas que llevaba puestas, detrás de las cuales estaban los únicos ojos completamente blancos que había visto en lo que llevaba de vida. Estaba tan impactada al ver aquellos ojos, que le pregunté el porqué de la ausencia del color café en ellos, ya que yo pensaba que por el hecho de tener los míos de ese color, los de todo el mundo debían ser iguales.
-Bueno, supongo que debo preguntarte a ti por la presencia del color café en los tuyos –dijo con aquella voz que me ha perseguido desde entonces.
Tal respuesta me hizo pensar tanto,  que al final no pude decir nada, así que fue él quien habló.
-Lo de las gafas ya está solucionado, pero del bastón no me puedo deshacer, porque con la ayuda de él es con la que te voy a encontrar cuando te escondas; así que contaré hasta veinte, y empiezo ya.
-¡Espera! Para que yo me pueda esconder, tú tienes que cerrar los ojos, de lo contrario vas a ver hacia dónde voy.
-No te preocupes por mis ojos, te aseguro que ellos no me sirven para ver.
-Pero si para eso sirven los ojos, para que veamos –contesté yo con el tono de voz altivo que mi madre decía que, a veces, utilizaba.
El chico de los ojos blancos volvió a sonreír, y con paso un tanto inseguro, se acercó un poco más a mí; en cuanto estuvo a una distancia en la que podría haber estirado su mano para alcanzar la mía, se detuvo.
-Permíteme tomar tu mano, por favor, Emilia.
Yo hice lo propio y le tendí mi mano. Él la tomó, y empezó a pasarla por sus ojos blancos, que estaban cerrados en ese instante.
-Emilia, estos ojos, si yo quisiera, no existirían, porque no me sirven para nada. Yo no conozco el mundo a través de ellos, yo lo conozco por lo que escucho, huelo y siento –terminó diciendo dejando caer mis manos a mis costados.
-Pero, ¿por qué? ¿Es por las gafas que usas? –pregunté yo con toda la inocencia de la que era capaz a mis diez años de vida.
El chico volvió a sonreír, y yo pensé que nunca en mi vida había visto que alguien sonriera tantas veces en tan poco tiempo.
-No, no es por las gafas; al contrario, ellas protegen mis ojos. Yo, desde que nací, nunca he visto, Emilia.
No podía creer que existiera una persona que nunca hubiera visto el mundo que había a su alrededor.
-¿Y no es algo que te haga falta? El poder ver, digo.
-No te puede hacer falta algo que nunca has tenido.
***
Desde ese día, Julián, así era como se llamaba el chico de los ojos blancos, y yo, nos convertimos en los mejores amigos del mundo entero. Todas las mañanas antes de ir al colegio, yo pasaba por su casa, que quedaba muy cerca de la mía, y nos íbamos juntos caminando. Durante esos días de corto viaje, establecimos un juego al cual llamamos “Las personas a través de su visibilidad”, que consistía en que yo le describía a Julián el físico de todo aquel ser humano que nos íbamos encontrando en el camino, y él, posteriormente, me relataba la vida de esas personas a partir de mi descripción. Con dicho juego, los dos nos desternillábamos de risa, y para cuando llegábamos al colegio, las lágrimas nos corrían por las mejillas.
Fue así como, desde que Julián y yo establecimos esa rutina mañanera, el madrugar para mí dejó de ser algo escabroso, convirtiéndose en un motivo de alegría; razón de dicha también para mi madre, porque eso significaba dejar de maquinar múltiples formas para hacer que yo me levantara y pudiera llegar temprano al colegio.
***
Todos mis días con Julián eran magníficos, porque siempre en los recreos nos las ingeniábamos para divertirnos como nunca; pero un día en especial, Julián me hizo una pregunta, la cual desembocó en más preguntas, preguntas que marcarían para siempre el rumbo de mi vida.
-Dime, Emilia, ¿cómo es el color café del que me hablaste cuando nos conocimos?
Yo quedé tan perdida ante aquella pregunta, que tuve que tomarme unos segundos antes de responder.
-Te encanta la textura del tronco de los árboles, ¿verdad?
-Sí, sabes que me fascina -respondió.
-Entonces, el color café es la sensación que te provoca en tus manos esa textura.
Julián siempre sonreía, pero aquella vez, ante la respuesta que yo le ofrecí, se dibujó en su rostro la sonrisa más bella que he visto en mi vida.
-Si es así, tienes el color más bonito en tus ojos.
-Pero si yo nunca te he dicho de qué color son mis ojos, Julián.
-Hay cosas en la vida de las que uno, simplemente, está completamente seguro, Em.
En ese momento, no entendí las palabras de Julián, pero ahora, tantos años después, no puedo estar más de acuerdo con ellas.
-Yo diría que el color de tus ojos es más bonito que el de los míos –respondí aquella vez.
-¿Y cómo es el color de mis ojos? –me preguntó.
-Como la luz.
-¿Qué luz?
Y cuando Julián me hacía esta última pregunta, porque siempre nuestras conversaciones llegaban a ella, yo le decía que me dejara pensar la respuesta, que más tarde se la daba, porque no había nada que se me ocurriera comparar con sus ojos para que él los comprendiera.
***
Aquel martes, cuando llegué a casa de Julián para irnos juntos al colegio, me abrió la puerta Doña Carla, el ama de llaves, diciéndome que Julián había sufrido un accidente y que lo habían llevado al hospital. Recuerdo que regresé corriendo a buscar a mi mamá, esperando que aún no se hubiera ido a trabajar para que me llevara a verlo.
En cuanto llegamos al recinto, la madre de Julián estaba hablando con la recepcionista, así que cuando ella volteó y me vio, me di cuenta que lloraba y, no sé porqué, yo empecé a llorar también. Mi madre me abrazó con fuerza, mientras yo esperaba que Julián apareciera con su bastón blanco y me dijera que todo estaba bien, que podíamos ir ya al colegio caminando y jugando “Las personas a través de su visibilidad”.
Pero no fue así; ese día, Julián falleció a causa del impacto de un coche contra su cuerpo cuando se disponía a cruzar la calle para ir a la tienda que quedaba cerca a su casa, haciendo que su corazón estallara, negándole el tiempo a él de escuchar la respuesta que yo siempre le quedaba debiendo, y a mí negándome el dársela.
***
Han pasado diecinueve años y es martes, como aquel día.
En la prensa nacional anuncian que La luz en tu oscuridad, mi primer libro, es número uno en ventas en el país. Muchas personas me han dicho que en la dedicatoria de un libro, el autor deja un poco de su alma; pero, en mi caso, yo la dejé casi totalmente, porque ella reza: Aquí está la respuesta, Julián.


1 comentario:

Quiero.

Quiero saber a dónde fue ese sueño que no recordaron al despertar. Y qué hizo que ese corazón roto se enamorara de todas sus grieta...