Tenía diez años el día que lo
conocí, empezaba quinto de primaria, y transcurría el año 1998.
Nunca había sido una niña madrugadora,
pero ese día, como si supiera lo que iba a pasar, no puse mayor resistencia
para levantarme.
-Pero mira que has cambiado –dijo mi
madre con un tono demasiado orgulloso para mi gusto, porque ni yo misma sabía
el motivo de mi tan inesperada voluntad.
En cuanto estuve lista para salir de
casa, nos dirigimos con mi madre hacia el lugar que, según ella, era
indispensable para la vida, solo porque había que seguir los parámetros ya
establecidos por la sociedad en la que vivíamos. Si mis recuerdos no me fallan,
aquel sitio estaba rodeado de verde: árboles, césped y muchas flores, con lo
que me alegré, porque el verde siempre me ha dado paz.
-Bienvenida a tu primer día de clases,
Emilia –me saludó una mujer demasiado sonriente que, suponía, debía tener la
misma edad de mi madre.
La profesora, que se llamaba Norma, me
tomó de la mano y me guió hacia el interior de la estancia, mientras yo
volteaba a ver a mamá, y esta me despedía con una sonrisa que aseguraba que
volvería por mí dentro de unas horas.
-Bueno, Emilia, este será tu salón de
clases, y estos son tus compañeros –dijo la profesora en cuanto entrábamos a un
espacio muy pequeñito, pero donde reinaba tal bullicio, que estuve a punto de
cubrirme los oídos con las manos.
Estoy segura que la presencia de la
profesora tenía un efecto especial en hacer disminuir el ruido proveniente de
todos los niños de mi edad que estaban en el salón, porque de inmediato las
diez personas que estaban delante de mí, se dirigieron a sus respectivos
puestos y se sentaron.
-Chicos, ella es Emilia, su nueva
compañera. Saludémosla como es debido.
Uno a uno, y con el concepto del tiempo
que tienen los niños, diez manos tomaron la mía; la octava de ellas con un poco
de dificultad para encontrarla.
***
-Hola –dijo una voz a mis espaldas.
Cuando volteé, vi que la voz provenía
de la persona de la octava mano.
-Hola –respondí.
-Me ha dicho la profe Norma que te
acompañe, porque como eres nueva, seguro quieres jugar con alguien.
En cuanto terminó la frase, me di
cuenta que la compañera de aquella mano que yo había estrechado con un poco de
dificultad, llevaba sujeto un bastón blanco, así que pensé que aquel chico
debía haber sufrido alguna caída que lo obligaba a usarlo; caída que yo, en
aquel instante, atribuí al hecho de que este llevaba puestas unas gafas oscuras
que no se quitaba en ningún momento, y que supuse que le hacían ver todo oscuro
también.
-¿Y a qué podríamos jugar si llevas ese
bastón y esas gafas, que además no te deben dejar ver nada?
Recuerdo que aquel chico sonrió, y en
un momento muy rápido, se deshizo de las gafas que llevaba puestas, detrás de
las cuales estaban los únicos ojos completamente blancos que había visto en lo
que llevaba de vida. Estaba tan impactada al ver aquellos ojos, que le pregunté
el porqué de la ausencia del color café en ellos, ya que yo pensaba que por el
hecho de tener los míos de ese color, los de todo el mundo debían ser iguales.
-Bueno, supongo que debo preguntarte a
ti por la presencia del color café en los tuyos –dijo con aquella voz que me ha
perseguido desde entonces.
Tal respuesta me hizo pensar
tanto, que al final no pude decir nada,
así que fue él quien habló.
-Lo de las gafas ya está solucionado,
pero del bastón no me puedo deshacer, porque con la ayuda de él es con la que
te voy a encontrar cuando te escondas; así que contaré hasta veinte, y empiezo
ya.
-¡Espera! Para que yo me pueda
esconder, tú tienes que cerrar los ojos, de lo contrario vas a ver hacia dónde
voy.
-No te preocupes por mis ojos, te
aseguro que ellos no me sirven para ver.
-Pero si para eso sirven los ojos, para
que veamos –contesté yo con el tono de voz altivo que mi madre decía que, a veces,
utilizaba.
El chico de los ojos blancos volvió a
sonreír, y con paso un tanto inseguro, se acercó un poco más a mí; en cuanto estuvo a una distancia en la que podría haber estirado su
mano para alcanzar la mía, se detuvo.
-Permíteme tomar tu mano, por favor,
Emilia.
Yo hice lo propio y le tendí mi mano.
Él la tomó, y empezó a pasarla por sus ojos blancos, que estaban cerrados en
ese instante.
-Emilia, estos ojos, si yo quisiera, no
existirían, porque no me sirven para nada. Yo no conozco el mundo a través de
ellos, yo lo conozco por lo que escucho, huelo y siento –terminó diciendo
dejando caer mis manos a mis costados.
-Pero, ¿por qué? ¿Es por las gafas que
usas? –pregunté yo con toda la inocencia de la que era capaz a mis diez años de
vida.
El chico volvió a sonreír, y yo pensé
que nunca en mi vida había visto que alguien sonriera tantas veces en tan poco
tiempo.
-No, no es por las gafas; al contrario,
ellas protegen mis ojos. Yo, desde que nací, nunca he visto, Emilia.
No podía creer que existiera una
persona que nunca hubiera visto el mundo que había a su alrededor.
-¿Y no es algo que te haga falta? El
poder ver, digo.
-No te puede hacer falta algo que nunca
has tenido.
***
Desde ese día, Julián, así era como se
llamaba el chico de los ojos blancos, y yo, nos convertimos en los mejores
amigos del mundo entero. Todas las mañanas antes de ir al colegio, yo pasaba
por su casa, que quedaba muy cerca de la mía, y nos íbamos juntos caminando.
Durante esos días de corto viaje, establecimos un juego al cual llamamos “Las personas a través de su visibilidad”, que
consistía en que yo le describía a Julián el físico de todo aquel ser humano
que nos íbamos encontrando en el camino, y él, posteriormente, me relataba la
vida de esas personas a partir de mi descripción. Con dicho juego, los dos nos
desternillábamos de risa, y para cuando llegábamos al colegio, las lágrimas nos
corrían por las mejillas.
Fue así como, desde que Julián y yo
establecimos esa rutina mañanera, el madrugar para mí dejó de ser algo escabroso,
convirtiéndose en un motivo de alegría; razón de dicha también para mi madre,
porque eso significaba dejar de maquinar múltiples formas para hacer que yo me
levantara y pudiera llegar temprano al colegio.
***
Todos mis días con Julián eran
magníficos, porque siempre en los recreos nos las ingeniábamos para divertirnos
como nunca; pero un día en especial, Julián me hizo una pregunta, la cual
desembocó en más preguntas, preguntas que marcarían para siempre el rumbo de mi
vida.
-Dime, Emilia, ¿cómo es el color café
del que me hablaste cuando nos conocimos?
Yo quedé tan perdida ante aquella
pregunta, que tuve que tomarme unos segundos antes de responder.
-Te encanta la textura del tronco de
los árboles, ¿verdad?
-Sí, sabes que me fascina -respondió.
-Entonces, el color café es la
sensación que te provoca en tus manos esa textura.
Julián siempre sonreía, pero aquella
vez, ante la respuesta que yo le ofrecí, se dibujó en su rostro la sonrisa más
bella que he visto en mi vida.
-Si es así, tienes el color más bonito
en tus ojos.
-Pero si yo nunca te he dicho de qué
color son mis ojos, Julián.
-Hay cosas en la vida de las que uno,
simplemente, está completamente seguro, Em.
En ese momento, no entendí las palabras
de Julián, pero ahora, tantos años después, no puedo estar más de acuerdo con
ellas.
-Yo diría que el color de tus ojos es
más bonito que el de los míos –respondí aquella vez.
-¿Y cómo es el color de mis ojos? –me
preguntó.
-Como la luz.
-¿Qué luz?
Y cuando Julián me hacía esta última
pregunta, porque siempre nuestras conversaciones llegaban a ella, yo le decía
que me dejara pensar la respuesta, que más tarde se la daba, porque no había
nada que se me ocurriera comparar con sus ojos para que él los comprendiera.
***
Aquel martes, cuando llegué a casa de
Julián para irnos juntos al colegio, me abrió la puerta Doña Carla, el ama de
llaves, diciéndome que Julián había sufrido un accidente y que lo habían
llevado al hospital. Recuerdo que regresé corriendo a buscar a mi mamá,
esperando que aún no se hubiera ido a trabajar para que me llevara a verlo.
En cuanto llegamos al recinto, la madre
de Julián estaba hablando con la recepcionista, así que cuando ella volteó y me
vio, me di cuenta que lloraba y, no sé porqué, yo empecé a llorar también. Mi
madre me abrazó con fuerza, mientras yo esperaba que Julián apareciera con su
bastón blanco y me dijera que todo estaba bien, que podíamos ir ya al colegio
caminando y jugando “Las personas a
través de su visibilidad”.
Pero no fue así; ese día, Julián falleció
a causa del impacto de un coche contra su cuerpo cuando se disponía a cruzar la
calle para ir a la tienda que quedaba cerca a su casa, haciendo que su corazón
estallara, negándole el tiempo a él de escuchar la respuesta que yo siempre le
quedaba debiendo, y a mí negándome el dársela.
***
Han pasado diecinueve años y es
martes, como aquel día.
En la prensa nacional anuncian que La luz en tu oscuridad, mi primer libro,
es número uno en ventas en el país. Muchas personas me han dicho que en la
dedicatoria de un libro, el autor deja un poco de su alma; pero, en mi caso, yo
la dejé casi totalmente, porque ella reza: Aquí
está la respuesta, Julián.
¡Me encanto!
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